Esta extensa panorámica del arte del retrato en la pintura española abarca desde el Santo Domingo de Silos (1474-77), de Bartolomé Bermejo hasta el Autorretrato (1972) de Picasso. Son en total 87 obras.

No es el caso en esta página reseñar los pintores españoles representados y que cualquier estudioso puede intuir. Treinta y ocho pertenecen a los fondos del Prado y como es lógico tienen lugar preferente los realizados por Velázquez y Goya. Algunos de estos autores completados con magníficos lienzos de Museos y Colecciones extranjeras y de particulares.

Con el nº 72 del Catálogo figura la obra de Eduardo Rosales: La Condesa de Santovenia. 1871. Reproducido en color (pág. 288) y comentado por Javier Barón (pág. 370). El retrato se le conoce por: La Niña de Rosa. Poco podemos añadir a lo escrito en el catálogo y que nosotros mismos comentamos en el estudio: Eduardo Rosales (Ed. Aguazul. 2002, pág. 144).

Sí quiero constatar el acierto del comisario Javier Portús en haber seleccionado esta obra del pintor madrileño. El Prado posee otros magníficos retratos que Rosales realizó como el del Violinista Pinelli, dos de su esposa Dª. Maximina Martínez Blanco, y el de su tía Dª. María Antonia Martínez Pedrosa.

En estas páginas web hemos hecho una relación de personajes retratados por Rosales. Puestos a destacar no se puede olvidar el que hizo al Duque de Fernán-Nuñez, o al Dr. Vicente Asuero, ambos en acreditadas colecciones particulares.

Cualquiera de ellos podría haber representado al pintor o reforzar a La Condesa de Santovenia.

Recomendamos el Catálogo dirigido por el comisario de las muestra Javier Portús Pérez, con estudios de Miguel Falomir, Leticia Ruiz Gómez, Gabriele Finaldi, A. E. Pérez Sánchez, Manuela Mena, N. Glendinnining, José Luis Díez y Javier Barón.

Destacamos el texto de D. José Luis Díez (pags. 276-277) en su estudio del retrato español del s. XIX. De Rosales escribe:

“Aunque la huella de los grandes maestros de la pintura española había estado latente con distinta intensidad en las diversas escuelas y movimientos que protagonizaron la primera mitad del s. XIX, será el madrileño Eduardo Rosales (1836-1873) quien señale definitivamente hacia el realismo atmosférico de la pintura de Velázquez como el verdadero camino a seguir a partir de entonces, renovando así desde sus raíces la evolución de la pintura española hacia una nueva lectura, abierta y moderna, de los valores puramente pictóricos que los jóvenes de su tiempo redescubrirían en los lienzos velazqueños que colgaban ya por entonces en el Prado.

Pero si resulta evidente la voluntad de Rosales por recuperar los valores genuinos de la tradición pictórica española encarnados en la obra de Velázquez en sus grandes composiciones de historia, de las de su lienzo Doña Isabel la Católica dictando su testamento (Madrid, Museo del Prado) supone el punto de arranque del nuevo realismo en la pintura española decimonónica, los viajes del artista a París en 1865 y 1867, año este último en el que presentó su gran cuadro a la Exposición Universal, le pondrían en contacto con la nueva forma de entender el realismo moderno de los pintores franceses de figuras, especialmente Courbet y el propio Manet que, aunque seguramente sin pretenderlo, influyeron decisivamente en la escasa pero importante producción retratística del pintor madrileño. Así, si la rotundidad del retrato del Violinista Héctor Pinelli (Madrid, Museo del Prado) y la forma de modelar su figura en el espacio recuerdan de cerca la obra de Coubert o incluso al propio Delacroix, la efigie de cuerpo entero de la niña Concepción Serrano, luego condesa de Santovenia, parece evidenciar la huella velazqueña pasada por la modernidad de Manet. En efecto, la presencia contundente de su figura junto a un tronco en un paisaje de horizonte bajo, recortando su silueta en el cielo cubierto, rasgado en el horizonte por un bello crepúsculo, recuerda los retratos de cazadores de Velázquez. Sin embargo el volumen corpóreo de la adolescente, modelado a base de grandes planos que marcan los tornasoles de su elaborado vestido, los contornos negros para remarcar el perfil o la densidad pictórica de las puntillas o los brillos de los bordes del manto, convertidos en meras manchas de color, alcanzan en este lienzo –a pesar de ser un retrato de salón, realizado por encargo- unas cotas de modernidad inusitadas hasta entonces en la pintura española, que intentarían emular los retratistas más jóvenes de esos años como Emilio Sala (1850-1910), en su importante efigie de Ana Colín de Perinat (Valencia, Museo de Bellas Artes), sinfonía de ocres y negros en la más pura tradición velazqueña o, sobre todo, en su retrato de María Guerrero, niña (Madrid, Museo del Prado), eco directo de estética de Rosales. ”

La sección IX de la exposición está dedicada al siglo XIX. Es el “siglo del retrato” – dice-, la época en la que este género pictórico alcanzó en España su mayor desarrollo, y en la que numerosos artistas se especializaron en el mismo, como Vicente López, F. de Madrazo, Ignacio Pinazo o Ramón Casas.

Paralelamente se tomó plena conciencia de la existencia de una tradición interna que se hacia manifiesta en una serie de caracteres inequívocamente “propios”. De esta tradición formaban parte Velázquez y Goya. Sobre todo el primero que se convirtió en el punto de referencia de los principales retratistas.

En esta sección se incluyen obras que muestran algunas de las influencias más importantes a que se vieron sometidos, especialmente de Francia o de la propia tradición española.

Es el caso de Rosales. La cartela del retrato de La Condesa de Santovenia dice:” Para su obra se basó en precedentes velazqueños en el amplio vuelo de la falda, en las combinaciones de grises, plata y rosa y en la manera como la luz anima la figura”.

La Niña de Rosa (1871) como también se ha titulado este bello retrato está flanqueado por la derecha por La Condesa viuda de Calderón (Vicente López. 1846) y por La Condesa de Vilches (Federico de Madrazo.1853). Madrazo fue maestro y amigo de Rosales al que hizo un soberbio retrato que conserva el Prado.

En el espacio acotado para el s. XIX figuran los pintores Sorolla (Aurelio de Beruete, padre. 1902) Ramón Casas (Santiago Rusiñol. 1889) Ignacio Pinazo (La Lección de Memoria.1898).

Sorolla retrató a Rosales, muerto ya el pintor, y el excelente retrato lo conserva el Ateneo de Madrid. Pinazo estaba tan identificado con el modo de hacer de Rosales que escribió: “En el entierro de Rosales el muerto era yo”. Ramón Casas fue discípulo de Carolus-Duran uno de los amigos de Rosales en su estancia romana.

Luis Rubio Gil

noviembre, 2004